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EL BALONCESTO Y LA VIDA

“Chaval, yo te he traído aquí para que juegues como tú sabes y te he visto hacerlo. Si vas a jugar como todos estos, ya tengo doce jugadores, no me haces ninguna falta. Ve este fin de semana a casa y piensa que puedes dar a este equipo para hacerlo mejor. Si no tienes nada que dar, no te preocupes; eres muy bueno y te encontraremos un equipo, pero no será este”

Quién con tal crudeza y rotundidad se expresaba era Pedro Ferrandiz –­el legendario  entrenador madridista de baloncesto– y el reprendido no era otro sino quien, todavía hoy, continúa siendo el mejor base español de todos los tiempos: Juan Antonio Corbalán.

Apenas bienvenido el mes de octubre de 1971, el, entonces, juvenil, de sólo dieciséis años, daba sus primeros pasos entre las estrellas blancas y, deslumbrado todavía por la magnitud que le rodeaba, había entrenado temeroso, tratando de pasar desapercibido y de no cometer ningún error, lejos de su arrojo distintivo.

Ferrandiz, docto en usar su socarronería para motivar a los suyos, acababa de ofrecerle, según sus palabras, “una de las más grandes lecciones que me dio el baloncesto y me ha servido para el resto de la vida”.

Pero, muy pronto comprobaría el laureado técnico que aquel adolescente, aparte de talento, tenía el valor de un líder.

Un año después, tras una cena post partido europeo en Leverkusen, para homenajear al ex jugador blanco, Norbert Thimm, Ferrandiz –cuyo mando era incontestable– ordenó en tono autoritario y algo despectivo, ante los ojos del grupo en pleno: “¡Vosotros, los rookies –refiriéndose a Prada y Corbalán–,  llevad las cajas de vino –obsequio del Madrid–  al coche de Norbert!”; obviando que el “nuevo” era en realidad el astro norteamericano Walter Szczerbiak y no el base, al encontrarse en su segundo año en la plantilla.

Corbalán, consciente de la “jugada”, no se amilanó y ante el asombro general respondió: “El novato es el americano. Que lo lleve él”.

¿Indisciplina? No, agallas. Su demostración de carácter le sentenció a un cierto olvido, reforzado por la madurez de sus alternativas en el puesto –Vicente Ramos y Carmelo Cabrera–,  hasta que, llegados los postreros dos minutos y medio de la final de la Copa de Europa de 1974, tras la quinta personal de Cabrera y,  pese a tener sentado a su vera, disponible, a Ramos,  Pedro Ferrandiz decide reescribir, una vez más, el guión de la historia: “¡Chaval, a jugar!” –proclama dirigiéndose a un atónito Corbalán que no había disputado ni un solo segundo.

El novel anota cuatro tiros libres decisivos para el triunfo y, tras una temporada aciaga, se dirige al vestuario, pleno de satisfacción: “Pensaba en Pedro y en como tendría que felicitarme a pesar de aquella guerra tácita que parecía haberme declarado. Me tendría que decir algo así como: ´Fenomenal, has estado sublime. Me he equivocado contigo. Esto va a Cambiar. Ahora te voy a tener más en cuenta´. La realidad fue que en la recogida general tumultuosa, llegó a mi altura, casi en la puerta del vestuario, me echó la mano al hombro y me dijo: ´Chaval, si hubiera tenido que apostarme el dinero a que iba a ganar una Copa de Europa contigo tirando tiros libres, no me hubiera jugado ni un duro´ “. El abrupto trayecto a la cima.

“El Baloncesto y la vida”  dibuja con emoción un tiempo ya desvanecido; cuando descubrió, que, como cantaba su admirado Joan Manuel Serrat, recitando los versos del gran Antonio Machado: “Al andar se hace camino,/ y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar “; pero que  ese sendero solo podría ser transitado por la vía del esfuerzo –seis horas diarias de clase y estudio, para convertirse en médico; y otras tantas de entrenamiento, para alcanzar la gloria–.

Con la añoranza rezumando en cada sílaba, Corbalán parece querer despedirse de aquel niño que en apenas año y medio pasó de jugar en el patio del Colegio San Viator, a desfilar con la selección española en los juegos olímpicos de Munich 72: “Un día desperté y me encontré con todo ante mí. Mi virtud, si la hubo, fue no perder la cabeza”.

Describe con orgullo “su” Real Madrid, donde,  sintiéndose heredero de toda una serie de valores –humildad, trabajo y jerarquía basada en la veteranía y liderazgo– implantados por Raimundo Saporta y Santiago Bernabeu, llegó a ser el símbolo que mejor los aunaba a todos ellos; pero también refleja con dolor la paulatina pérdida de identidad del club,  el incomprensible abandono de la política de formación y cantera,  de la proyección hacia el futuro, para centrarse exclusivamente en un presente que pronto pertenecería a la pujante generación surgida del nido azulgrana.

Pese a su inteligencia para relativizar la popularidad, al privilegio que supone  elegir en plenitud el momento del adiós  y a haber afrontado con éxito el mundo inexplorado que le esperaba cuando cesara el chirrido de las botas sobre el parqué; sus palabras tienen el punto de nostalgia de quien percibe en la intensidad de su recuerdo que  nada fue comparable a aquel esplendor que él siempre supo efímero.

Tal vez, porque para el “purasangre” competitivo  –como Corbalán, Epi  o Petrovic– su más  auténtico “yo”, sólo emerge cuando, con el fervor ambiental marcando el ritmo de sus latidos, su pasión por el juego le abstrae de ese otro mundo, el real, que empieza donde concluye el escenario deportivo.

Elegante en cada gesto, sólo recuerdo haberle visto “perder los papeles” en una ocasión –como no en la “acogedora” pista de la Cibona de Zagreb–, cuando atizó en el cogote a Cjetikannin, previo escarnio de este y Petrovic, quienes, con el partido casi sentenciado, se ubicaron a apenas medio metro el uno del otro y, ante la mirada asesina de Corbalán, comenzaron a pasarse repetidamente el balón en un “tuya-mía” burlón, con el exclusivo objeto  de pitorrearse del rival vencido. “En esta vida hay que dejarse pisar lo justo”, otra de sus máximas.

Llegó sin hacer ruido  –con el único protocolo de un refresco con Lolo Sainz– y quiso marcharse en silencio, “sin falsos abrazos, ni manifestaciones impostadas”. Posiblemente porque, observando la sombría retirada de algún referente como Rafa Rullán, intuyó que, lejos de las sentidas y soberbias celebraciones de antaño, le esperaba una forzada pantomima: “El Real Madrid que había dejado de ser referente, tampoco se esforzaba en despedir a sus grandes”.

Todavía se me eriza la piel al contemplar las emotivas imágenes de las despedidas, plenas de entusiasmo  y admiración,   de Larry Bird o Magic Johnson. Los americanos saben, como nadie, dotar a estas ceremonias, de la pompa y trascendencia que merecen, culminándolas con la simbólica retirada del número del astro, cuya camiseta es izada, entre vítores, hasta lo más alto del pabellón, para  eterna y orgullosa contemplación de futuras generaciones.

Frente a ello, una indemnización compensatoria y, a lo sumo, un descafeinado encuentro de homenaje que suele tener la relevancia organizativa de un partido de ”solteros contra casados“.

Sigo sin comprender la escasa sensibilidad –indiferencia incluso- que, salvo honrosas excepciones, ha rodeado  el adiós de nuestras más renombradas leyendas deportivas, a quienes, en muchos casos, ante la más leve y lógica disminución de sus prestaciones, se ha menospreciado y querido retirar prematuramente.

Creo que es una magnífica ocasión para que el Real Madrid –como hizo en su momento el Barça con su gran capitán Nacho Solozabal–  aproveche la bonanza actual para volver la vista atrás y corregir un mayúsculo e histórico error.

DENNIS RODMAN: LA FUERZA DEL DESTINO

Un nuevo amanecer estival ilumina los suburbios en las afueras de Dallas; pero el sol nunca reluce para Shirley Rodman: una madre valiente que hace catorce años abandonó la comodidad de un hogar contaminado por el adulterio marital, para simultanear hasta cuatro empleos en aras de sustentar, en solitario, a sus tres hijos.

Una existencia donde sólo hay lugar para el sacrificio. Seguir adelante y rezar por el  declinar de la tormenta.  Disfrutar queda vedado en el reino de los supervivientes.

Mientras se viste a toda prisa para iniciar su interminable jornada, un sospechoso vehículo atraviesa las calles de los olvidados bloques de viviendas de renta baja y población mayoritariamente negra, para detenerse frente a su morada.

Sus ocupantes, dos policías de raza blanca, se apean del auto y comienzan a golpear  incesantemente el portal. Esa clase de sonido que sólo puede equivaler a problemas.

Pronto se confirman sus peores augurios.  Exhibiendo un reloj de idéntico modelo al que su hijo Dennis le había regalado unos días antes, uno de los agentes define el motivo de su visita: “ Buscamos a Dennis Keith Rodman”.

Dennis es un chico delgaducho, de 1´75 metros, exacerbada timidez y baja autoestima; que marchó del colegio, cansado de ser constantemente ridiculizado por sus compañeros; que no ha tenido, a sus dieciocho años, ni el más mínimo coqueteo amoroso; limitándose a permanecer a la sombra de sus dos becadas hermanas baloncestistas,  bajo el permanente cobijo de su progenitora.

La sustracción de dieciséis  lujosos relojes, valiéndose de su puesto de vigilante nocturno en el aeropuerto de Dallas, le obliga a pasar dos días, entre constantes sollozos, en el presidio aeroportuario.

Determinado a dejar que el tiempo se deslice sin sentido por su alma angustiada,  permanece durante los meses siguientes, sin apenas salir de su habitación, abocado, como tantos otros, a una vida mísera y desperdiciada. Sin embargo, el  destino decidió aliarse con aquel desorientado joven para cambiar el desventurado guion que la historia parecía tenerle reservado.

En 1983, con casi veintiún años -tras un milagro genético que le hace crecer veintisiete centímetros en apenas doce meses- reingresa en el equipo de baloncesto que anteriormente  había abandonado -el Cooke County Junior College de Texas-, donde, entrenando como un poseso, se convierte en la sensación,  promediando 17´6 puntos y 13´3 rebotes antes de dejarles, nuevamente, tras sólo dieciséis encuentros, por su negativa a acudir a clase, como era preceptivo.

Una vez más el paralizante miedo, la hipersensibilidad autodestructiva de quien ha crecido eclipsado y con escaso amparo, le hace regresar a su peligrosa zona de confort, hasta que llega el día en que Shirley,  desesperada, le pone de patitas en la calle, condenado a deambular entre una, poco recomendable, fauna.

Fin de trayecto. El mismo relato tantas veces escuchado. Pero, la diosa fortuna quiso otorgarle una segunda oportunidad.

Lonn Reinsman, técnico asistente de Southeastern Oklahoma State- una pequeña universidad que milita en la NAIA, torneo de nivel inferior a la prestigiosa NCAA- marcha desilusionado de la pista del Cooke County Junior College, tras escuchar que aquel chaval,  a quien había observado  hacía unas semanas y  cuyo nombre –Dennis Rodman- había anotado con letras doradas, ha partido con rumbo desconocido.

Sin embargo, aunque apenas  ha presenciado un entrenamiento, su instinto le dice que está ante un diamante en bruto, por lo que decide buscarle afanosamente y,  tras  reunirse con él y su madre, le convence para que le acompañe a visitar el Campus.

Seducido por los halagos de su improvisado mentor, que confía ciegamente en sus posibilidades, y consciente de hallarse ante su último tren,  firma su ingreso.

Tiene lugar, entonces, un hecho inesperado pero decisivo: Con el objeto de lograr una  rápida integración en su nueva comunidad- eminentemente blanca, rural y granjera-,  Dennis comienza a impartir clases de baloncesto a un grupo de chavales del  pueblo colindante: Bokchito (Oklahoma). Entre ellos, dedica una especial atención a Bryne Rich, de doce años, cuya  inferioridad física, compensada con una fiereza inusitada, le recuerda sus frustrantes inicios.

Pero, aunque lo ignora en ese instante, no es, aquel, un chico cualquiera. Tras matar accidentalmente a su mejor amigo durante una cacería, el pequeño Bryne lleva diez meses encerrado en sí mismo, sumido en una profunda depresión.

Pese a la notable diferencia de edad- casi diez años- el transcurso de los días afianza una insólita amistad, que se consolida cuando Bryne invita a su nuevo colega a cenar con sus Padres -James y Pat- y sus otros dos hermanos -que se llevan una sorpresa mayúscula, pues no esperan que el anunciado telefónicamente sea un mozalbete de raza negra y de más de dos metros-.

A partir de ese instante, y aunque es difícil arrancarle, al principio, una sola palabra,  Dennis se convierte, de una manera espontánea, durante tres largos años, en un miembro más de la familia Rich; pernoctando a menudo en su vivienda e incluso laborando en la granja durante el verano; transformándose Pat y James -pese a los celos maternos- en una suerte de tutores que saben guiarle con sabiduría, cuando su impulsividad le lleva por el camino equivocado.

Apoyado por un entorno donde, por primera vez, se siente aceptado tal cual es y por una capacidad atlética y de aprendizaje extraordinarias, se convierte, sin haber disputado un solo encuentro de High School, en la gran estrella de  Southeastern Oklahoma State y en uno de los mejores jugadores de la NAIA, con una media de 25´7 puntos y 15´7 rebotes.

El desenlace es  por todos conocido: Elegido con el nº 27 de la segunda ronda del Draft de 1986 –trágicamente vinculado a la muerte del nº 2, Len Bias- por los Detroit Pistons, Dennis Rodman conquistaría cinco anillos, un título de mejor defensor  y siete de mejor reboteador; fue un descomunal atleta, capaz de defender con excelencia a astros tan diversos como Magic Johnson, Michael Jordan o Shaquille O´Neal; pero también, como diría el añorado Andres Montes, la “Cruella De Vil” de la NBA: un tipo sin límites y con un temperamento incontrolable, que supo transformar su conducta escandalosa en parte del espectáculo, a la par que en un negocio muy rentable.

En el libro No Bull : The Unauthorized Biography of Dennis Rodman, el periodista del Chicago Sun-Times, Dan Bickler, relata los orígenes de The Worm, embarcándose en la difícil misión de esbozar los rasgos de su estrambótica e indescifrable personalidad.

Podemos quedarnos, tal vez, con la visión de los dos entrenadores que mejor le conocieron: Phil Jackson y Chuck Daly.

Phil Jackson en su libro Eleven Rings: “Toda su salvaje teatralidad entre bastidores – los anillos en la nariz, los tatuajes, las tardías fiestas en locales Gay- era parte de la función que había creado, con la ayuda de Madonna, para llamar la atención. Debajo solo había un chico tranquilo de Dallas, con un generoso corazón, que trabajó duro, jugó duro y que hacía lo que fuera por ganar”. Aunque también reconoce: “Ese año deje de pasear junto a la línea de banda durante los partidos, pues observé que ello avivaba la hiperactividad de Dennis. No quería activarle pues, una vez agitado, nadie podía prever lo que sería capaz de hacer.”

Durante la exitosa travesía de los Bulls hacia la conquista del anillo en los playoffs de 1996,  Rodman coincidió en un restaurante con su padre espiritual, Chuck Daly.  Este, pleno de curiosidad, quiso saber qué extraño demonio se había apoderado de aquel muchacho silente para transformarle en un insaciable provocador, a lo que este respondió: ”Pasé  todos esos años en Detroit, fui el mejor defensor y líder en rebotes, jugué el All Star, y nadie me conocía ni cobraba lo que merecía. Tuve que buscar otro camino.”

Entonces, ¿era todo una mera actuación?

“Absolutamente” –concluye Daly.

Como el mismo diría: “ I´m what you all would be if you could let it all hang out”.

CUANDO MICHAEL JORDAN SUPERÓ “THE JORDAN RULES”.

“ Miré alrededor y vi a  Horace (Grant) y Scottie (Pippen) haciendo el capullo, bromeando  y alborotando. Tienen talento, pero no se lo toman en serio. Y los rookies, juntos como siempre,  sin tener ni idea de que va esto.  Los ´blancos´ (John Paxson  y Ed Nealy) trabajan duro, pero no tienen talento; y el resto no da para mucho más”

Transcurría el 24 de mayo de 1990. Tras el entrenamiento, Michael Jordan desahoga su inmensa frustración con un amigo. Apenas han transcurrido dos días desde que abandonara derrotado su particular “Palacio de los Horrores” de Auburn Hill —cancha de los Detroit Pistons— con dolores repartidos a lo largo de  su extensa y atlética anatomía,  gentileza de sus “amigos” de la “Ciudad del Motor”.

Pero su cuerpo no duele ni una décima parte que su orgullo. Los Pistons han colocado el 2-0 en la final de la Conferencia Este y His Airness, apaleado en su obcecada travesía, entre la “manada de búfalos ”que le acecha, en su camino hacia el aro, ha estado desacertado y , a más inri, su par, Joe Dumars, ha anotado 31 puntos.

“We´re playing like a bunch of pussies “—espeta en el vestuario durante el descanso. Concluida  la batalla —en sentido literal—, silencio absoluto. No habla absolutamente con nadie.

“Lo escuchamos de él cuando no jugamos bien. Pero, cuando él juega mal, ¿también es  culpa nuestra?” —parece concluir el vestuario, mostrando el cisma existente.

Y es que los Pistons, a través de su técnico Chuck Daly, parecían tener muy estudiado al astro. Por ello, conocedores de la poca fe que este tenía en sus compañeros y que su superlativa competitividad le hacía contestar cualquier provocación con una inmediata acción individual, idearon The Jordan Rules: una combinación de intimidación física —a base de duros y constantes contactos, agresivas ayudas defensivas  y  todo un arsenal de golpes— y verbal. Con ello conseguían condicionar el juego de Jordan y  Pippen que, ante la inminente amenaza de que cualquier vuelo hacia canasta terminara con ellos sacudiendo el parqué, eran “inducidos” a lanzar desde fuera.

 “No hay un solo jugador que marque nuestro tono. Esto es lo que nos convierte  en un equipo. Si un jugador lo hiciera todo, no seríamos un equipo. Entonces seríamos los Chicago Bulls — decía socarronamente John Salley a un periodista tras el segundo partido de las series.

 Jordan ardía por dentro al oír tales comentarios. Detestaba la mezcla de  cara angelical y mente perversa de Isiah Thomas y no soportaba las marrullerías de Dennis Rodman, John Salley o Bill Laimbeer —afortunadamente para él , el “Draft de Expansión” obligó a marcharse al otro matón del clan, Ricky Mahorn—. No alcanzaba a entender cómo aquel conjunto disciplinado, pero menos talentoso, se las ingeniaba para frenarles una y otra vez. Vencerles y, si era posible, incluso humillarles, se había convertido en una obsesión.

Finalmente, tras llegar al séptimo partido de desempate —como no, en Detroit—, Los Bulls doblaron la rodilla, en un enfrentamiento en el que Scottie Pippen, afectado por unas extrañas migrañas, volvió a vivir su particular Via Crucis, anotando una canasta de diez intentos —un año antes, noqueado, “involuntariamente” según la ingenua visión del comentarista norteamericano, por Laimbeer tuvo que retirarse a los pocos minutos del encuentro decisivo—.

Era el tercer ejercicio consecutivo en que se veían apeados de la final por su particular “Némesis”. Su desesperación Llegó al punto de colocar una cámara  siguiendo permanentemente  a Bill Laimbeer, confirmando lo sabido: que este tenía a bien agarrarles y golpearles en puntos clave para provocar su error o dejarles fuera de combate.

Pero Phil Jackson sabía que su mayor enemigo no había sido, en aquella su primera temporada como Head Coach, la dureza de los llamados Bad Boys, ni tan siquiera la mala fortuna representada por la misteriosa enfermedad de Pippen, sino ellos mismos.

El controvertido libro The Jordan Rules —fascinante obra del periodista del Chicago Tribune,  Sam Smith— evoca pormenorizadamente aquella época, retratando a un grupo profundamente desunido, cuyo estandarte  no confía  en el resto y cree que el triunfo sólo puede venir acompañado de sus heroicidades. Una estrella consentida, caprichosa y ególatra que, lejos de liderar a los suyos, apenas se comunica con ellos, más allá de continuos sarcasmos.

Con el detallado relato de diversos episodios, bien conocidos directamente o a través de sus protagonistas, Smith nos muestra la cara menos amable del ídolo, reflejando su poco cordial trato con su, por el denominado, Supporting Cast —término que causó gran indignación— que admira y venera sus sublimes cualidades técnicas y atléticas, tanto como detesta su  soberbia.

Pero, ¿cómo culpar a Jordan —posiblemente el mejor atleta de todos los tiempos— por caer en el pecado de la vanidad cuando observamos a diario como tipos absolutamente mediocres actúan, con injustificada petulancia, como si de iluminados se tratara?

Mi percepción es que, aunque  tal vez Jordan no fuera un líder aglutinador al estilo de Magic Johnson, si lo era al enviar continuamente, con su talante de ir siempre “a por todas”, un mensaje de sacrificio y compromiso que cohesionaba al grupo que, al verle actuar de ese modo se veía empujado a jugar con la misma intensidad.

Además, aunque sus hirientes pullas enturbiaran el ambiente, consiguieron “picar” al resto que, aunque sólo fuera por obligarle a “comerse sus palabras”, dio un leve paso adelante que terminaría siendo fundamental.

Por ello, Phil Jackson, que no podía recordar un campeón de la NBA que hubiera ganado el título con el máximo anotador en sus filas —salvo los míticos Milwaukee Bucks de Kareem Abdul Jabbar— decidió que había llegado el momento de dejar de ser  Michael and the Jordanaires para convertirse en un equipo.

Así lo hizo saber a su estrella antes de comenzar la temporada 90-91: “Tal vez estos chicos no tengan tanto talento como a ti te gustaría, pero esto es todo lo buenos que van  a ser. Los equipos no ganan con un sólo jugador anotando todos los puntos, porque cuando así lo necesitas puedes inutilizar  a ese elemento, y esto es lo que Detroit ha hecho con nosotros.  Pero si adoptamos un sistema, todo el mundo va a tener su oportunidad.”

Jackson sabía de lo delicado de sus palabras. No era el primero que intentaba meter en vereda al flamante MVP de la competición —en una ocasión, su predecesor (Doug Collins) le sugirió que estaba jugándose  demasiados tiros  y que  era conveniente que otros jugadores se implicaran. La respuesta fue lanzar sólo ocho veces en el siguiente encuentro. Rehusando, incluso, hacerlo cuando  estaba completamente sólo. Perdieron. El mensaje intimidatorio estaba claro—.

Pero Jordan respetaba a Jackson y, pese a su escepticismo, prometió intentarlo.

La temporada regular se convirtió en un ejercicio de paciencia del “Maestro Zen” y de su ayudante John Bach para intentar implantar un juego más colectivo —el llamado “Triángulo Ofensivo—, mientras su “jugador franquicia” seguía en sus trece.

Sin embargo, aunque viniera en forma de conjura silenciosa, la sutil transformación apareció en el instante que más la necesitaban: la nueva eliminatoria frente a su “bestia negra” por un puesto en la final.

Desde el mismo salto inicial, Jordan, que había entrenado su físico a conciencia durante el verano, es un volcán en erupción: se encara con Mark Aguirre tras fulminante entrada a canasta; suelta un fuerte codazo a Dumars; y vacila a Rodman en mitad de la pista: “Voy a patearte el  culo. Voy a por ti “. Aquello se había convertido en una cuestión personal, un  “Duelo de Titanes” que debía dirimirse en O.K Corral.

Pero además, estaba transmitiendo un claro aviso para navegantes: “Estoy aquí, voy a muerte y vamos a ganar.” Phil Jackson sonreía. Ese era el tipo de liderazgo que esperaba.

Tras colocar el 3-0, pese a los consejos de su entrenador para que evitaran cualquier provocación, antes del envite decisivo, que pudiera resucitar el espíritu  de los Bad Boys,  Jordan declara: “La gente está contenta de que el juego vuelva a ser limpio. La gente no quiere este juego sucio, la falta flagrante  y la conducta antideportiva. Es malo para el baloncesto.”

Estas palabras son el detonante de la polémica ulterior salida de Auburn Hill de los Pistons, con Bill Laimbeer y Isiah Thomas a la cabeza, con el cuarto partido todavía en juego, cuando están a punto de ser vencidos,  sin saludar, ni tan siquiera mirar a sus verdugos.

No había, en realidad, otro desenlace posible. Un simbólico telón final para una de las más bellas y emocionantes rivalidades que hayamos podido contemplar.

Comenzaba la “Era Jordan”.

d le hacía contestar cualquier de los Pistons , con Bill Laimbeer e Isiah Thomas a la cabeza, cuando están a punto de quedar eliminados,  con el cuarto partido todavía en juego, sin saludar, ni tan siquiera mirar a sus verdugos.

No había, en realidad, otro desenlace posible. Un simbólico telón final para una de las más bellas y emocionantes rivalidades que hayamos podido contemplar.

Comenzaba la “ Era Jordan”.

EL COMPROMISO DE ELIA KAZAN

Eddy Anderson es un mago de la publicidad  greco-americano que , a sus cuarenta y cuatro años, vive el sueño ansiado por miles de sus paisanos al emigrar a la denominada “Tierra de las Oportunidades”: habita en una gran mansión con su elegante y dócil esposa Florence- correcta pero sin deslumbrar Deborah Kerr- ; goza de un  envidiable estatus social y laboral ; y culmina tan celestial sinfonía con todos los “ líos de faldas” que pueda desear,  incluido su tórrido affaire con la “ fulana de la oficina”, la rubia e insolente Gwen- sensual y cautivadora, como nunca,  Faye Dunaway en, quizás, la mejor interpretación de su carrera – .

Tras un plácido amanecer en su lecho – paralelo, pero suficientemente separado del de su mujer-, a las 7: 45 en punto suena en su radio-despertador, con milimétrica puntualidad, el primero de sus anuncios: ” ¡Limpio como una brisa¡ ¡ Zephyr, el cigarrillo en el más confías es el que más disfrutas¡”.

Cuando, impecablemente acicalados, bajan  al impoluto jardín ya les espera un suculento desayuno gentileza de su servicio. Desde las abnegadas sirvientas, al limpiador de la majestuosa piscina, están ya todos en marcha, prestos a complacerles.

Un sinfín de botones procuran que todo transcurra con superlativa precisión: desde la conexión del transistor ubicado en la terraza, para comprobar la exacta cronología de todas y cada una de sus cuñas publicitarias; a la del aspersor para regar las plantas  o de la alarma de su sofisticado reloj; pasando por la apertura de su amplio garaje, donde hasta tres automóviles  de alta gama reposan relucientes.

Tras una gélida despedida de su “santa señora”, el magnífico azul del cielo le hace optar por el  Alfa Romeo Spider descapotable para dirigirse a su lugar de trabajo en una prestigiosa agencia de publicidad, donde es el ejecutivo estrella y mano derecha del patrón, el Sr. Finnegan.

Mientras conduce con fruición, espléndidamente engominado y trajeado, con su esmerado    bigote adornando su tez,  la “niña de sus ojos”- Zephyr- sigue acaparando las ondas.

Pero el perfecto retrato del triunfo nunca es tan hermoso como visualmente aparenta.

Cuando todo parecía seguir los designios del Señor, de repente, mientras circula entre dos enormes camiones, comienza a efectuar  extraños gestos mirando a un lado y a otro, ignorando repetidamente la visión frontal y soltando prolongadamente el volante, con un semblante trastornado que indica a voces que algo no va bien dentro de su cerebro.

Al avisarle los alarmados conductores, mediante varios bocinazos, para que cese en su imprudente proceder, súbitamente efectúa un ademán de rabia enloquecida precipitando su lujoso vehículo bajo uno de los camiones y provocando un colosal accidente. Su coche queda completamente destrozado pero, salvo alguna herida leve,  sale milagrosamente indemne.

¿Suicidio? Nadie se atreve a pronunciar la palabra. Sólo él sabe que no ha buscado, en realidad, su aniquilación, sino el despertar de su alma.

 A partir de aquí,  “mudo” externamente pero en un permanente diálogo con su álter ego, efectúa un confuso viaje dentro de sí mismo tratando  de entender como ha llegado al punto en el que ahora se encuentra,  mientras un continuo flashback de imágenes fluye sin ningún orden en su cabeza, recordando alguna de sus mejores intervenciones profesionales o escarceos extramaritales. Pero, sobre todo, aparece Gwen. Su bella y sugerente silueta remojándose desnuda en la piscina mientras él, tumbado sobre el borde de la misma,  le ofrece un racimo de uvas, parece tan inmensamente real  y, sin embargo, es pura reminiscencia.

Rememora como comenzó todo. Como ella, con su brutal e hiriente sinceridad,  le hace comprender cuan vacía y despreciable es su existencia:” Se que yo no soy nada. Nunca lo fui. Pero tú, Eddie…¡Lo que hubieras podido ser…! ¿Qué te ha pasado Eddie? ¡Tiene que matarte  pensar en lo que hubieras  podido ser! “.

 Como, sólo por dinero, por poseer toda una serie de bienes materiales y habitar en una “jaula de oro” con la mujer teóricamente ideal , a la que, sin embargo, no quiere, se ha convertido en un mero esclavo de una colectividad a la que detesta, viéndose obligado a deambular entre fingidos amigos en un entorno fariseo, donde todos cuantos  le rodean actúan exclusivamente por interés.

Convivir a diario con tipos de gran bajeza moral; como su desleal y repelente abogado Arthur o el  manipulador Psiquiatra Dr. Leibman – ambos envidiosos de su aparente gloria y enamorados en la sombra  de Florence- ; quien, a su vez,  pretendidamente generosa, pero guiada únicamente por la codicia, sólo está dispuesta a amarle y perdonar sus excentricidades si vuelve a ser el “triunfador” que fue;  y, por supuesto, el indeseable Sr. Finnegan, tan arrogante con el débil, como pusilánime con el poderoso;  ha transformado su espíritu hasta perder la propia noción de sí mismo.

Rodada en 1969, The Arrangement – versión cinematográfica de su homónima, autobiográfica y exitosa novela- es la más  atrevida, anárquica y transgresora de cuantas películas haya dirigido el maestro Elia Kazan- aunque también la más vapuleada por la crítica-. Con una narración deliberadamente desordenada nos muestra la desgarradora lucha interior de un hombre que se debate entre ser quien todos desean, por conveniencia, que sea – El brillante, carismático  y seductor Eddie Anderson-  y quién realmente es – Evangelos Topouzoglu, su verdadero nombre, aquel niño sencillo, estudioso y  amante de la literatura al que su madre protegía  de un padre autoritario y obsesionado con el “vil metal”.-

Como ya hiciera en On The WaterfontLa Ley del Silencio – Kazan se revuelve frente al desprecio soportado por su labor de delator de algunos de sus colegas comunistas ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas, despojando al ser humano de sus más repulsivas máscaras -de ahí el simbolismo, aparte de la indudable intención provocadora, de las múltiples secuencias con desnudos de los protagonistas- y mostrando con crudeza la verdadera cara de una sociedad sin valores que disocia el éxito y el fracaso con una simple corbata.

Un soberbio Kirk Douglas exhibe magistralmente todos y cada uno de los rostros de Eddie Anderson – aunque Kazan no acabara muy contento con su trabajo y anhelara a Marlon Brando, quien adujo su desmotivación tras la trágica muerte de Martin Luther King para rechazar el papel, pese a la reunión efectuada con el director y a la carta  que este llegó a enviarle en un último intento de persuadirle, donde literalmente le exponía : “Creo que cuando has estado en forma has sido el mejor actor, pero sólo quiero hacer este filme  contigo  si realmente te gusta el libro . Si realmente significa algo para ti”- .

Con unos diálogos tan exquisitamente cuidados como los silencios – “Lo que oyes no es tan importante como lo que ves .Un primer plano penetra en los pensamientos y sentimientos de la gente. Cuando la cámara capta una gran actuación entras en el personaje. Es muy penetrante psicológicamente”, solía decir el talentoso cineasta  – , son especialmente geniales las escenas en que Douglas interactúa  con Deborah Kerr, Faye Dunaway o Richard Boone- quien da vida a  Sam, el padre de Eddie–.

Siguiendo la estela de algunos de sus más fascinantes y atormentados personajes como el díscolo Cal de East of Eden o la soñadora Dennie Loonis de Splendor in The Grass ,  la conducta volátil de Eddie Anderson no es sino un grito de desespero en medio de la oscuridad de alguien que sólo desea, como aquellos , otra oportunidad.

EL MOMENTO DE KAREEM ABDUL JABBAR.


Doce de junio de 1984. Séptimo partido de los Playoffs finales de la NBA. Con el termómetro   ambiental a punto de estallar  – polémica avería del sistema de aire acondicionado aparte- el transcurrir de los últimos segundos desata la euforia en el Boston Garden. Casi sin aguardar a la conclusión, el público, exultante,  invade masivamente la pista, mientras los jugadores tratan afanosamente de llegar al vestuario.

No es para menos. Respaldado por su agresiva defensa, el “Celtic Pride” ha noqueado contra pronóstico al  “Show Time” angelino, con Cedric Maxwell – con 24 puntos, 8 rebotes y otras tantas asistencias-, como inesperado invitado a la fiesta y Larry Bird como implacable ejecutor.

Bird, a sus veintiocho años, posiblemente en la mejor forma de su carrera ,ha dado una soberana exhibición en las series, dominando todas las facetas del juego – con 27 puntos y 14 rebotes de media-, añadiendo al MVP de la temporada regular el de los Playoffs finales, superando a su entonces archienemigo Magic Johnson y demostrando que no le hacía falta saltar demasiado para efectuar sus famosas fintas en el aire- el llamado “ Double Pump “, uno de sus  muchos recursos, aunque en una ocasión, durante la retransmisión de un All Star Game, tras una canasta suya precedida de dicho gesto técnico, el comentarista Pedro Barthe se atreviera a preguntar a Wayne Brabender : “ Ahí ha tenido mucha suerte, ¿no Wayne?”. Genial la fulminante réplica de Vicente Salaner: “Lo repite demasiado a menudo para que sea suerte” -.

La hostilidad entre ambas escuadras llegó a ser descomunal. Baste observar las palabras de un sincero Cedric Maxwell al referirse a Magic: “ ´Cheesy Johnson´, así es como le llamábamos. Porque odiábamos su sonrisa. Esa sonrisa era el poster que podríamos poner  en la pared para lanzarle dardos, porque la odiábamos realmente.”

Por ello, en pleno festival de la celebración verde,  las caras de  Magic Johnson- a quien aquel día Kevin Mchale apodó burlonamente “ Tragic Johnson” –  y Kareem Abdul Jabbar reflejan algo más que dolor. No sólo no han estado a la altura de lo esperado, sino que han sido batidos por su máximo oponente y sienten la derrota como una dura humillación. Como reconocería posteriormente Magic: “Te sientes frustrado cuando sabes que eres un mejor equipo, pero especialmente porque Larry me ganó. Me llevó largo tiempo asimilarlo”.

Aquella noche, a más inri,  tuvieron que pernoctar en Boston durante los festejos. Mientras Magic estiraba la madrugada en compañía de sus amigos Isiah Thomas y Mark Aguirre, a sus treinta y siete años,  un solo pensamiento ocupaba la mente de Kareem : “Revenge is a dish best served cold”.

Nueve de Junio de 1985. El viejo Boston Garden, nuevamente, como inmejorable escenario. Tras “airball” de un lesionado Larry Bird-con molestias en su codo- , Michael Cooper saca rápidamente de fondo. Apenas  1:27 para la terminación,  y Los Angeles Lakers– diez arriba- acarician el anillo.

En medio de un griterío atronador, Magic sortea sin dificultad la presión a la desesperada  de los célticos y, con el tiempo de posesión a punto de consumirse, halla a su mejor aliado,  Kareem Abdul Jabbar,  quien, pese a encontrarse a cinco metros del aro, ejecuta con precisión su proverbial “ Skyhook”. De repente, cesa el bullicio. Los espectadores enmudecen, mientras el, habitualmente imperturbable, pivot corre alborozado, brazos en alto, hacia su cancha. Durante unos instantes el universo entero parece haberse detenido. Es la sentencia. La venganza.

Pero el momento culminante llega segundos después.  Tras cometer su sexta falta personal Jabbar se retira con honores al banquillo  y, mientras es agasajado como un héroe por los suyos,  la docta “Catedral” del baloncesto se rinde a su legendaria figura premiándole con un mayoritario y sentido aplauso.

Aunque Magic y James Worthy actúan de forma sobresaliente, es el veterano “ center”, a sus treinta y ocho años, el verdadero dueño del encuentro. No son solamente sus 29 puntos – 18 de ellos en la segunda parte- sino el brutal influjo que su mera presencia tiene en compañeros y rivales.

Tras ser arrollado por Parish en el encuentro inaugural – quedándose en 12 puntos y 3 rebotes-  reaccionó con el orgullo de los más tenaces competidores, promediando 30,2 puntos, 11 rebotes, 6,5 asistencias y 2 tapones en las victorias de su equipo – había, previamente, concluido la temporada regular con una media 22 puntos y 7, 9 rebotes con un porcentaje de acierto del 59,9 %-. Pero, ni siquiera sus brillantes estadísticas alcanzan a reflejar su  memorable lección de liderazgo, colocación, visión de juego y sabiduría para efectuar el esfuerzo preciso en el tiempo oportuno.

Como si de un “Dorian Gray” de 2´17 y 102 kg se tratara, su retrato baloncestístico seguía fiel a los trazos de aquel recién llegado que fue MVP en 1971, guiando con Oscar Robertson a los Milwaukee Bucks hacia un  título, a priori, impensable.  Casi dieciséis años desde su debut en 1969 sin apenas merma física.

Tal y como advirtió Bob Dylan, los tiempos estaban cambiando, pero algo permanecía inalterable. Mientras  otro ex alumno de UCLA- Jim Morrison- pregonaba la llegada del final y se convertía en el “Lizard King”; Joy Division irrumpía para gritarle a toda una generación que Love Will Tear Us Apart; y David Bowie nos maravillaba con cada uno de sus registros, un gancho reinaba incombustible  en el cielo de la NBA.   Un prodigio de la naturaleza y del esmerado cuidado de su anatomía, a través de disciplinas poco habituales entre los baloncestistas como el yoga o las artes marciales.

Mi primer ídolo en la liga profesional estadounidense no sería Magic Johnson, ni Michael Jordan, ni tampoco Larry Bird, sino aquel  poco expresivo y larguirucho pivot, que portaba aquellas extrañas gafas- luego supe que no eran graduadas sino que su único objeto era proteger sus ojos del vaivén de codos bajo los aros- , con un  juego de pies y una capacidad de pase al alcance de muy pocos “hombres altos”, que poseía el tiro más bello y técnicamente dificultoso que jamás había presenciado: el Skyhook.

Nadie ha sido capaz de jugar a ese nivel con esa edad durante unos Playoffs finales. A título de ejemplo, en ese mismo punto de su trayectoria Hakeem Olajuwon tuvo una presencia casi testimonial – 11,9 puntos y 7,4 rebotes con un porcentaje del  49, 8%-,  mientras que  otro paradigma de longevidad como Tim Duncan, logró 16 puntos y 9´2 rebotes , con un porcentaje del 52,3%.

Su última etapa le sirvió para afianzar un afecto popular que, por su carácter reservado, le había sido algo esquivo,  aunque siempre gozó de un respeto reverencial en el seno de su equipo. Cuando en las dos temporadas precedentes a su retirada en 1989- disputadas básicamente por motivos económicos- ante su paulatino declive, gran parte de la prensa puso en entredicho su titularidad, su técnico, Pat Riley, zanjó el tema con rotundidad : “ No podemos dejarle al margen . Es una leyenda.”

Nacido Ferdinand Lew Alcindor, Kareem Abdul Jabbar consiguió tres campeonatos Universitarios con UCLA, siendo su “ tiranía” uno de los principales motivos de la prohibición del mate en la NCAA entre 1968 y 1976- la denominada “ Lew Alcindor Rule”-; ganó seis anillos de la NBA y disputó la friolera de diecinueve All Star Game en sus veinte campañas en activo, durante las cuales vio desfilar hasta a seis presidentes norteamericanos; continúa ostentando, a día de hoy,  el record de puntos,  rebotes y tapones en la historia de la competición; e incluso hizo sus pinitos en  el Séptimo Arte, enfrentándose en combate a Bruce Lee en Game of Death   e interpretando al piloto  gruñón Roger Murdock en Airplane – la célebre Aterriza como puedas -. Conoció la gloria en sus más agradables y pomposas manifestaciones. Pero aquella emotiva tarde de Junio de 1985, alcanzó la cumbre. Sólo los más grandes reciben el tributo admirado de su más enconado adversario.

AMOR DE VERANO

Arribado el otoño y con él las primeras lluvias,  echar la vista atrás puede actuar de   milagroso antídoto que ilumine hasta el cielo más sombrío.

Siempre me encantó la balada  If you leave me now   del grupo de rock melódico Chicago. Sus acordes solían acompañarme en aquellos eternos estíos  ochenteros, cuando el día era adrenalina y sensación y la noche pasión y romance. Cuando nada necesitabas, porque todo lo tenías. Cuando creíamos que aquel esplendor nunca acabaría.

Sus estrofas bien podrían ser el resumen de tantos y tantos amores estivales de las más diversas y remotas épocas. El indeseado adiós entre dos almas puras que jugando con el fuego del idilio intrascendente, acaban cautivadas por una atracción irresistible.  Promesas con la esperanza de mantener el destello de  una llama que sólo el tiempo apagará.

Aunque románticos desenlaces como el relatado en la entrañable novela-película  The Notebook puedan pertenecer al mágico universo de la fantasía, aquellas vibrantes aventuras tuvieron en nuestras existencias una importancia  mucho mayor que la que el filtro caprichoso de la mente sea capaz de  atribuirles. Nos enseñaron, especialmente, que el cariño y devoción inmensos pueden nacer en segundos, pero también evaporarse en un solo instante; que nada hay más bello que la unión devota y acompasada entre dos jóvenes que se desean con toda la fuerza indómita  y absoluta del momento presente. La fascinación correspondida.  El lugar soñado.

Difícil observar ese  brillo en la mirada de cualquier estable pareja adulta. Es el suyo  un sentimiento gradualmente atenuado, ocasionalmente interesado, lentamente adormecido y carece  del grado de exaltación de una pasión adolescente. Pero además, a diferencia de esta,  su percepción no permanece inalterable como algo que merezca ser eternamente evocado. Imaginemos a una pareja que se separa tras una  infidelidad o  tormentosa  convivencia, ¿quedará en su interior algo de aquel bonito afecto que llegaron a tener?

Por ello, los últimos recuerdos limpios son siempre  recuerdos  juveniles.

Aquel tiempo en que nuestro corazón latía al ritmo de New Order y su grandioso Blue Monday  aprendimos que la caducidad de una ternura no merma su valor en el reino de la memoria; que es muy complicado superar la  intensidad con que se besan unos “labios nuevos”.

Nuestros veranos tenían aroma a mar embrujador, a amistad inquebrantable, a sociedad sana y feliz, a adoración por una desenfadada forma de vivir.

Además, aunque entonces nos pareciera que el suelo se hundía bajo nuestros pies, aquellas súbitas  y dolientes rupturas en el momento de máximo fulgor impedían, en realidad, la llegada del inevitable ocaso.  La imagen idealizada del amor ausente nunca se marchita.

Nuevos estíos traerían renovadas y excitantes emociones. Sin embargo, muy pocos de aquellos triviales  devaneos alcanzarían el hechizo de un verdadero amor de verano. Una plenitud tan efímera como sublime.

Como dijo Al Pacino en Esencia de Mujer: “en un instante se vive una vida”. Una pequeña eternidad encerrada en la caricia de un ideal tal vez utópico.

“SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARIS”

Lo vemos constantemente en la realidad diaria: una empresa reciente, con gran proyección pero todavía defectos por pulir,  evoluciona lentamente hasta encontrar al  líder o líderes que, con su ascendiente y dedicación, la llevan a la supremacía en su sector.

A partir de ahí, los propietarios de la misma, olvidando el prolongado y sacrificado proceso de maduración y el elevado número de personas que han ido desfilando sin pena ni gloria,  caen en  la soberbia de considerarse  los únicos y necesarios artífices del éxito, menospreciando la importancia de quienes han contribuido decisivamente al mismo.

La generación de los “Juniors de Oro” que llevaba años a las puertas del  Olimpo, no consiguió  alcanzarlo hasta que apareció un tipo campechano, nada engominado, con escaso glamour pero gran sabiduría que, con la naturalidad del  que actúa convencido, supo alimentar la capacidad de liderazgo de doce jóvenes hasta  convertirles en la mejor versión de sí mismos.

El oro de Japón de 2006, bajo la dirección de Pepu Hernandez, representa el instante de máximo esplendor de aquel grupo  irrepetible, no sólo por la maravillosa conjunción de talento y disciplina – imposible olvidar la aportación de Jorge Garbajosa y Carlos Jimenez-, sino porque el triunfo llegó exhibiendo los mejores valores de la  auténtica amistad: la que prioriza el interés común ignorando la egoísta individualidad.

No puedo evitar una intensa emoción cada vez que veo  las imágenes con las lágrimas de impotencia de Pau Gasol, plenamente consciente de que su lesión le impedirá jugar la final; las camisetas con la leyenda “ Pau también juega” solidarizándose con el compañero; las dedicatorias con cada “ triple” de Navarro o Garbajosa a su amigo Pau, sentado en el banquillo con su pierna escayolada y rostro conmovido. Mágicos momentos.

  Sin embargo, como así sucede en otros órdenes de la vida, alcanzado el punto más alto, si no se actúa con humildad y temple, viene inmediatamente la caída.

Cuando Pepu Hernandez, en un arranque de arrojo y sinceridad, apuntó al “ circo mediático” montado como uno de los principales motivos de la dolorosa derrota contra Rusia en la final del Europeo de Madrid 2007,  el Presidente,  José Luís Saez- que, en el fondo,  nunca le “tragó”- . empezó a preparar los fastos de su inminente entierro.

La pantomima de su despido – la “dedicación exclusiva”, cuya no observancia fue alegada como pretexto, no la cumplieron, ni de lejos, técnicos posteriores  como Aito o Scariolo – es la clave del fatal desenlace.

¿ Cuál iba a ser la reacción de los jugadores al saber que se había cesado por capricho a quien les había llevado a la cima?

Pues, aunque parezca increíble, ninguna. “Lanzar balones fuera” aludiendo a una decisión federativa sin mojarse lo más mínimo y luego, extrañamente, aceptar sin chistar a alguien a quien los “pesos pesados” del equipo no querían ver ni en pintura: Aito García Reneses.

Posteriormente, con ocasión del  Europeo de 2009, un mal inicio, atribuido a los múltiples conceptos tácticos incorporados por Sergio Scariolo, supuso un amago de motín que concluyó con el italiano poniéndose en manos del  colectivo. Al final se consiguió el oro, pero nació la arriesgada autogestión.

Los buenos resultados y la  habitual  brillantez-  fruto de la indiscutible calidad de la plantilla, pero también de la inercia de aquel espíritu altruista construido por Pepu- ocultaron el fino grosor del alambre sobre el que se transitaba- aunque se estuvo a un tris de la eliminación en la 1ª fase del Europeo de 2009 a manos de Gran Bretaña y se tuvo que “bajar los brazos “ frente a Brasil para esquivar a Estados Unidos hasta la final en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 -,  convirtiendo al método en dogma de fe.

Sin embargo, aunque nunca se alcanzó el grado de conexión de Saitama, el peligro parecía controlado. Al fin y al cabo todavía teníamos a un técnico acreditado- Scariolo- que, si bien dependiente en sus decisiones del beneplácito de los protagonistas, tenía el suficiente bagaje y astucia para conducir al bajel por el rumbo adecuado.

La designación de Juan Antonio Orenga para dirigir a la mejor selección europea de la historia es el punto culminante de la arrogancia de un Presidente demasiado preocupado por el “merchandising” y quedar guapo en la foto y la inacción de unos jugadores cuya postura da a entender que se consideran lo suficientemente buenos como para ganar sin ser guiados por nadie.

Debo reconocer que hay detalles que se me escapan:   ¿realmente creían tipos inteligentes como Pau y Marc Gasol, Navarro o Calderón que lo mejor para ganar el campeonato era tener junto a ellos a alguien sin preparación ?¿ Por qué correr ese temerario riesgo en el momento más atractivo de sus carreras? ¿Ha sido el deseo de imponer sus criterios  y “campar a sus anchas” superior a sus ansias de victoria?

Aunque los hechos parecen diáfanos me sigue costando admitir esa interpretación.

Al final los rivales también juegan y, tal y como se apreció en el último Europeo – un aviso para navegantes del que hicieron caso omiso- , cuando llegan los momentos de crisis en partidos ajustados, la valía del entrenador es absolutamente determinante -máxime cuando  haya que tener la personalidad necesaria para sentar a alguna estrella puntualmente desacertada, como ocurrió anteayer con Marc Gasol,  cuya presencia estaba siendo más perjudicial que beneficiosa-.

No se puede obviar la responsabilidad de Orenga por tripular, imprudentemente, un portaaviones con un título de grumete, pero el gran culpable del naufragio es siempre el capitán y ese no es otro que  José Luís Saez.

Se han echado a faltar, por otra parte, más voces valientes que se hayan atrevido a hablar con claridad en los medios de comunicación- hecha la salvedad de Vicente Salaner, Ramon Trecet, Iturriaga y algún que otro osado-.

En cualquier caso, “ siempre nos quedará Paris”: el recital ofrecido en las dos finales olímpicas consecutivas disputadas contra EE.UU. coloca el listón a una altura a la que jamás  llegó siquiera a acercarse ninguna otra selección europea.

Pese al último oscuro capítulo, la historia hará justicia con estos “cracks” y su  grandioso  legado.

Ni el más excelso de los deportistas  puede evitar una de las más crueles  leyes de la naturaleza: el transcurso del tiempo, imbatible  enemigo, siempre pone un final a nuestros más álgidos momentos.

 

 

 

 

 

MIS PSICÓPATAS FAVORITOS

“Me siento letal, al borde del frenesí. Creo que mi mascara de cordura está a punto de desvanecerse”.

 “Tengo todas las características de un ser humano, pero ni una sola emoción clara e identificable.”

“Existe la idea de Patrick Bateman como una especie de abstracción. Pero no hay ningún yo real, sólo un ente, algo ilusorio y,  aunque pueda ocultarte mi fría mirada  y puedas estrechar mi mano y sentir mi piel rozando la tuya e incluso percibir que nuestros estilos de vida puedan ser parecidos, yo, simplememente, no estoy allí.”

Estos escalofriantes pensamientos reflejan el constante dialogo  interno en la controvertida American Psycho de Mary Harron. En una interpretación memorable, Christian Bale se reinventa hasta introducirse en cada uno de los poros de la piel de Patrick Bateman. De veintisiete años, licenciado en Harvard,   primorosamente atildado, educado, sofisticado y perteneciente a un círculo extremadamente elitista, Patrick vive sin más preocupación que el esmerado cuidado de su atlética figura y terso cutis. Tiene, en apariencia, todo cuanto un joven pueda desear: dinero, un puesto acomodado en Pierce & Pierce, prestigio social y cuantas bellas mujeres pueda apetecer. Sin embargo, todo eso le resulta insuficiente. Nadie sospecha que bajo su perfecta fachada se esconde un peligroso perturbado cuya satisfacción sólo es alcanzada bañado en la sangre de sus víctimas. Un irresistible conquistador cuyo extraño ritual amoroso, amenizado con la música de su admirado Phil Collins,  incluye  el brutal asesinato y  descuartización de sus ocasionales compañeras de cama.

Alex DeLarge es un colegial culto, agradable y amante de Beethoven, pero  detrás de sus pícaros ojos azules oculta un universo paralelo de ultraviolencia.  Sentado en el sofá del “Korova Milk Bar”  con sus fieles compinches, sus pupilas se tornan enigmáticas y desafiantes. Un suculento vaso de “Milk Plus”   es el preámbulo de su idílica noche de perversión. Tras  apalear a un viejo vagabundo callejero, una batalla campal contra una banda rival que trataba de ultrajar a una adolescente en un antiguo teatro,  culminando tan agitada velada con la entrada en la vivienda de un matrimonio acaudalado y la cruel violación de la señora esposa mientras, con el señor marido apalizado, atado y amordazado observando con impotencia desde el suelo, entona con deleite su depravada  versión de “ Singing in the Rain”. Ni un solo atisbo de remordimiento en su rostro. El sufrimiento ajeno  es  un juego, un mero divertimento juvenil al servicio de su mente diabólica. Es la inigualable  A Clockwork Orange del maestro Stanley Kubrick , inimaginable sin la intensa presencia de Malcolm Mcdowell.

Henry Morrison es un abnegado padre – excelente Terry O´Quinn en su papel – que un buen día decide cargarse salvajemente a su esposa e hijas  por no corresponder a su disparatado ideal de la familia perfecta.  En su primera secuencia El Padrastro –  Stepfather, 1987 – nos muestra a Henry segundos después del crimen. Enormes manchas de sangre decoran su cara impregnando su viejo atuendo.  Frente al espejo una desarreglada melena y descuidada barba, junto a una mirada sádica y turbadora, le contemplan.  Durante unos instantes, la cámara se recrea en las fotos colgadas de la pared de las inocentes fallecidas, imagen de un tiempo que fue feliz. Minutos  después,  sale de   la casa  perfectamente trajeado,  con su cabello fantásticamente recortado y peinado y su cutis bien afeitado. Un maletín de ejecutivo completa el impecable cuadro. Nada permite imaginar la terrible atrocidad sucedida. Silbando y sonriente se dirige, sin mostrar el más mínimo sentimiento de culpa, al encuentro de su nuevo y perfecto hogar. Allí le esperan la viuda Susan y  su  sagaz  hija Steffanie. Para entonces, ya es  Jerry Blake, un simpático agente inmobiliario muy querido en su nuevo vecindario,  especialmente por su flamante mujer.  Sin embargo,  pese a la simulada  intachabilidad de su conducta Steffanie desconfía de él desde el inicio. Especialmente cuando, poco después de mostrarse como un adorable anfitrión ante sus recientes amigos,  le observa en el sótano, cuando cree estar solo,  totalmente fuera de si – tras visionar un periódico hablando de la masacre-  golpeando los muebles como un poseso y gritando,  en un desdoblamiento sobrecogedor de la personalidad, frases inconexas relacionadas con su pasado. Steffanie está asustada.  Algo muy extraño ocurre dentro de la cabeza de su padrastro. Tras verse descubierto trata de aparentar normalidad, pero dentro de sí ya suspira por su particular y sanguinaria fiesta de despedida con rumbo a otra nueva y perfecta familia.

Aunque la “gran pantalla” está llena de edificantes relatos e historias que,  adentrándose en el lado más admirable del ser humano, consiguen conmovernos hasta la lágrima, algunas de las más veneradas  y visionadas joyas cinematográficas giran en torno a personajes  que, como los descritos, no son exactamente el solícito galán que toda madre quisiera como yerno, ni el vecino campechano con el que uno desearía convivir puerta con puerta.

¿Por qué causan sensación determinadas personalidades que extrapoladas a nuestro devenir diario se considerarían totalmente detestables?

Pero aún resulta más difícil de explicar esa fascinación cuando se trata de criminales con una existencia plenamente real. El considerado primer asesino en serie de la historia, Ted Bundy- ejecutado en 1989 tras violar y asesinar a no menos de cien mujeres desde 1974 -, llegó a tener un club de fans permanentemente instalado en la puerta del juzgado y recibió durante su estancia en prisión cientos de cartas de admiradoras que decían adorarle porque era “guapo, tierno, romántico, elegante y encantador”. Un embaucador profesional que consiguió, incluso, camelar a los medios de comunicación con su atractivo y habilidad para la mentira, no teniendo el más mínimo reparo en saludar con una sonrisa a sus fans ante la indignación de los padres de las víctimas.

Aunque algunas adhesiones sean del todo censurables son muy definitorias de la  atracción humana hacia cualquiera que logre la atención de los focos, por muy despreciables que sean los motivos de su notoriedad.

Además, en el fondo, aburre lo convencional y hastía el discurso sobre lo moralmente correcto- “Me preguntas que es lo justo; te diré ´lo que conviene a quien lo aplica´ “, decía Goethe-.  Nada hay de interesante en la previsibilidad de quien actúa obedeciendo fielmente la programación recibida. La sociedad critica al ácrata pero, en silencio, envidia su osadía.

Independientemente de sus notables diferencias  – claramente en distintos niveles de calidad – los mencionados filmes comparten, en mi opinión, un rasgo en común: la magnífica elaboración del perfil psicopático de sus protagonistas.

Los respectivos directores, conscientes del indudable encanto personal del psicópata, juegan hábilmente con su magnetismo  y  capacidad dialéctica para seducir al espectador que, intrigado por la  rareza de su malicioso comportamiento, evoluciona desde la sorpresa inicial hasta acabar cautivado por su  enloquecida dualidad.

Especialmente en American Psycho y A Clockwork Orange, la teatralidad de las más duras escenas de violencia, coreografiadas con un estilo jocoso más propio de un vodevil  y el divertido histrionismo de sus protagonistas- Patrick y Alex- suaviza su intrínseca bestialidad hasta provocar una cierta hilaridad en el público que contempla con asombro su intolerable simpatía por el asesino.

Lo que Kubrick con su originalidad nos demuestra es que la inmoralidad, dibujada con la elegancia de un genio y relatada con la sutileza de un poeta, puede ser tan hermosa como la más romántica historia de amor.

BOSTON CELTICS: LA DINASTIA INTERRUMPIDA

Larry Bird saca de fondo. Michael Jordan sube la pelota con suficiencia. Apenas quince  segundos para el descanso, pero actúa con la pausa de quien sabe que el tiempo le pertenece. Sus manos manejan el esférico con devoción, casi acariciándolo. De repente, un cambio de ritmo vertiginoso que deja atrás a su par. Varios rivales desconcertados cierran su camino hacia el aro. Con el rugido del público in crescendo, pase medido a la esquina donde espera su “amigo” Isiah Thomas.  Suspensión inmaculada con el brazo de Magic Johnson acechando su muñeca  : ¡”triple”  limpio¡.

Era el  “All Star Game” de 1985, celebrado en el emblemático  “Hoosier Dome” de Indianapolis. El de los “alley-oops”  de Ralph Sampson -un pivot de 2´23  con la movilidad de un base que, por aquellos extraños designios del destino, llegaría un día a militar en el Unicaja de Malaga… -. El de la presentación en sociedad de un boicoteado Jordan. Mi primer recuerdo televisivo relacionado con la NBA.

Al principio narraba, muchas veces en solitario, Pedro Barthe, buen profesional aunque  afectado por una patológica obsesión con las actuaciones arbitrales y pequeñas lagunas que,  a veces, eran auténticos océanos – como aquella ocasión, durante los Juegos Olímpicos de Sidney 2000, en que se pasó casi todo un partido de la selección anfitriona indignado: “ incomprensible la actitud de los espectadores australianos hacia su estrella Luke Longley “,  confundiendo el clásico “¡ Luke, Luke, Luke¡” con que el público “Aussie” , a imagen y semejanza de los fans de los Bulls, solía animar a su ídolo, con abucheos : “ ¡uh, uh, uh¡”.

Afortunadamente, a partir de 1988 – salvo alguna colaboración esporádica de Barthe-, cogería el testigo el singular Ramon Trecet quien, con su célebre “ Cerca de las estrellas”, nos trasladaría a la modernidad ¡Cómo disfrutábamos escuchando en un medio audiovisual – en la radio ya teníamos a “Supergarcía”- a alguien que hablaba sin filtros, ni  miedos, dando rienda suelta a su creatividad y peculiar sentido del humor sin ajustarse al patrón habitual¡ ¡Aquellas gloriosas apariciones del maestro Vicente Salaner con su  brillantez y divertida pedantería ¡ ¡ Con que exquisitez corregía constantemente las poco arriesgadas apreciaciones de un resignado Nacho Calvo cuyo semblante era la viva imagen de la fatiga y desespero¡ Parecía que, en cualquier momento de la eterna madrugada, el bueno de Nacho iba a saltar por la ventana del plató, mientras Salaner continuaba impertérrito con su alocución ¡Que tiempos¡

Aunque con posterioridad, gracias a la tecnología, hemos podido visionar a mitos ilustres como Wilt Chamberlain, Pete Maravich u Oscar Robertson,  muchos empezamos a amar la NBA con aquellas trepidantes finales consecutivas entre los Celtics y los Lakers a mediados de los ochenta.  Bird contra Magic, Parish contra Kareem. Los años del “Show Time”.

Luego, tras el  “ repeat” de los Detroit Pistons, vendría la “era Jordan”  y sus seis títulos en ocho años – el doble “Threepeat”– , mediando entre ambos una retirada temporal que permitió los dos anillos consecutivos de los Houston Rockets capitaneados por Hakeem Olajuwon.

Sin embargo, aunque aquellos Celtics continúan siendo devotamente respetados  y recordados,  hay una cierta tendencia a ubicarles un peldaño por debajo de los Chicago Bulls y de los  Angeles Lakers,  considerando a Larry Bird en un escalafón inferior respecto al número uno -Michael Jordan-  y  número dos-  Magic Johnson-.

Aunque todo criterio, máxime cuando se trata de leyendas de ese calibre, es respetable e incluso compartible, todo habría sido muy diferente si Larry y los suyos hubieran podido culminar su magistral pero inconclusa obra. Una auténtica plaga de adversidades – terribles desgracias incluso- golpearon al equipo hasta quebrarlo por completo, acortando su reinado natural y el impacto de su dinastía:

  • 1986. Len Bias – único jugador universitario al que Mike Kryzewsky ha calificado como “realmente decisivo” junto a Michael Jordan- moría a los veintidós años víctima de una sobredosis de cocaína,  apenas treinta y seis horas después del  día más feliz de su vida- el de su elección con el nº 2 del Draft por los vigentes campeones de la NBA-.  Si la  historia suele escribirse con reglones torcidos, este es un claro ejemplo de ello. De 2´03 de altura, una potencia de salto descomunal y un tiro en suspensión elegante y prácticamente imparable, el que fue definido por Red Auerbach como “ nuestro seguro de vida” parecía llamado a grandes gestas.  Su desaparición, tras una última noche de locos – perfectamente relatada por Gonzalo Vazquez en un artículo muy recomendable publicado en la página de la ACB- dejó muchas incógnitas en el aire- el trato condescendiente de los medios estadounidenses considerándolo, casi unánimemente, como un error de principiante que serviría de lección a la juventud de su país, chocó con las opiniones de muchos expertos que insistían en el carácter de consumidor habitual de quien era capaz de ingerir tal cantidad de droga-, siendo, baloncestísticamente, la mayor de todas ellas, saber si hubiera podido superar a Michael Jordan – curiosamente, su compinche Brian Tribble, “camello” de poca monta y sospechoso de ser el suministrador de la letal sustancia, se convirtió, tras su procesamiento y posterior absolución en  1987, en un traficante “ estrella”  al considerar los grandes capos su declaración de inocencia como una patente de corso para su infinita impunidad . No obstante, en octubre de 1993 fue condenado a diez años de cárcel: “Every dog has its day”- .
  • 1988. Pese a completar su temporada estadísticamente más brillante -29.9 puntos, 9 rebotes y 6 asistencias, con un porcentaje del 52 %, – durante los Playoffs contra Detroit los pies de Bird parecen pesar toneladas. Aunque su depurada técnica no requiere de una gran explosividad, a sus treinta y un años se mueve con extrema lentitud. Sus tiros son inusualmente forzados y sin equilibrio. Algo va, evidentemente, mal y los Pistons acaban ganando la serie con facilidad por 4-2. Finalmente, es operado a inicios del siguiente ejercicio, tras disputar dolorido los primeros seis partidos, perdiéndose el resto de la temporada. A partir de aquí, con su espalda convertida en el tormento que no cesa, nunca volvió a ser el mismo, retirándose, cansado de  luchar contra su anatomía, tras los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Tenía treinta y cuatro años y, por su estilo de juego, podría haber continuado, en condiciones normales, varios años marcando diferencias.
  • 1990. Dino Radja, elegido en 1989 con el número cuarenta de la segunda ronda del Draft- aunque por calidad era un top-3 -, opta por las liras italianas en lugar de iniciar su aventura americana. Las reticencias todavía existentes entonces hacia el jugador europeo impiden a los Celtics pujar decididamente por él. Cuando, por fin, el gran Dino aterriza en el Boston Garden en noviembre de 1993, sólo quedan las cenizas de un antiguo campeón. Pese a ello, jugó extraordinariamente bien, convirtiéndose durante tres años en el jugador franquicia de los verdes, con una media de 16.7 puntos y 8.4 rebotes. Una lástima que no estuviera mejor acompañado. A más inri, tras sufrir varias lesiones de rodilla,  aparecieron, a finales de la campaña 96-97, dudas sobre su recuperación- según parece no era tampoco del agrado del nuevo técnico Rick Pitino- y decidió volver a Europa, donde aún dejó detalles de su grandeza hasta su retirada en 2003.
  • 1993, 29 de Abril. Primer partido de Playoffs contra los Charlotte Hornets de su gran amigo Mugsy Bogues. El nuevo capitán céltico, Reggie Lewis, tras meter diez puntos en tres minutos, corre hacia la zona ofensiva cuando, de repente, empieza a desacelerar el ritmo y, sin ser siquiera rozado por ningún jugador, se precipita contra el parquet. Sentado en el suelo parece aturdido, incluso asustado. Ni él ni nadie comprende qué ha sucedido. O quizás lo entiende demasiado. No es la primera vez que le ocurre algo similar. Se acomoda un rato en el banquillo pero luego, incomprensiblemente, retorna a la pista. Aunque al principio todo parece en orden y anota, incluso, varias canastas en suspensión, tras sufrir nuevos mareos y dificultades respiratorias deja definitivamente la cancha. Aunque todavía no lo sabe esos últimos diecisiete puntos en trece minutos tienen sabor a despedida. Tras once días hospitalizado, el equipo de especialistas puesto a su disposición no alberga la más mínima duda: cardiomiopatía mortal, salvo cese absoluto de cualquier actividad física. A sus veintisiete años su vida deportiva ha terminado. Sin embargo, se resiste a abandonar en su momento más álgido. Busca, hasta encontrar, un único Doctor- Gilbert Mude- quien, contradiciendo la opinión unánime, manifiesta que no existe una dolencia severa y que con la medicación adecuada podrá continuar jugando sin problemas. Los cardiólogos ponen en tela de juicio esa afirmación pero Lewis, aferrándose a ese clavo ardiendo, decide hacer caso omiso. El 27 de Julio mientras se encuentra  realizando una sesión de tiro con un colega, su corazón vuelve a fallar, esta vez para siempre.

Aunque todas las historias que empiezan con el consabido “ y si …” no dejan de ser un ejercicio de fantasía – porque también podríamos plantearnos si no tendría Jordan dos anillos más de no haberse empeñado en jugar a beisbol, o qué habría sucedido  si  Magic  hubiera continuado deleitándonos –  aquellos  Celtics podrían haber sido la versión anticipada y mejorada de los actuales San Antonio Spurs. Un conjunto que, vertebrado sobre la base de tres o cuatro  veteranos de primer nivel, consigue adicionar a varios jóvenes de categoría y, practicando un baloncesto precioso  basado en una perfecta circulación de balón,  vuelve, inesperadamente, a triunfar cuando sus rivales ya habían empezado a organizar su entierro.

Cuando ganaron su último título -curso 85-86-, Larry Bird y Kevin Mchale tenían veintinueve años, Dennis Johnson treinta y dos y Robert Parish, treinta y tres…

Me habría encantado ver jugar juntos a Brian Shaw- Len Bias –Larry Bird- Dino Radja y Robert Parish , con Kevin Mchale y Reggie Lewis saliendo desde el banquillo y gregarios de lujo como Dee Brown o Kevin Gamble aportando su granito de arena.